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31/03/2026


El sueño en la persona mayor

Iara Lezáun Polido, Psicóloga de Fundación San Jerónimo

El sueño es una función biológica esencial a lo largo de toda la vida. A medida que envejecemos, la zona del cerebro que regula el ritmo circadiano comienza a ser menos eficiente, lo que hace que el organismo controle peor los ciclos de sueño y vigilia. Asimismo, la producción de melatonina disminuye provocando sueños más ligeros y superficiales, reduciendo la calidad y cantidad de sueño profundo. Con la edad también aparecen cambios físicos que pueden interrumpir el descanso como los dolores en las articulaciones, las enfermedades continuas o tener mayor necesidad de orinar por la noche, por ejemplo.

Los cambios en los patrones de sueño son habituales. Sin embargo, lo que no se debería normalizar es el cansancio persistente, la fatiga, la disminución de la atención, los olvidos, el insomnio, las apneas o el uso frecuente de múltiples medicamentos para conciliar el sueño. Cuando el descanso es insuficiente o fragmentado y genera malestar o dificultades en la vida diaria conviene prestar atención y explorar posibles causas. Como sociedad y como profesionales debemos dejar a un lado el prejuicio relacionado con la edad y avanzar en el cuidado integral de la persona y todo lo que la rodea. Hablar del sueño en las personas mayores implica reconocer la diversidad de experiencias en esta etapa de la vida. Cada persona envejece de manera distinta, con historias, cuerpos y contextos diferentes. Por ello, el enfoque más adecuado debería ser siempre individualizado, respetuoso e inclusivo.

En San Jerónimo promovemos el descanso reparador. Se trata de acompañar a la persona en encontrar un equilibrio propio en el que se favorezca su bienestar y se mejore su calidad de vida, dejando a un lado la visión global del sueño e insistir en que “duerma como antes”.

Lograr un sueño de calidad puede resultar difícil en ocasiones, pero no es imposible. Hábitos como la práctica de ejercicio físico regular, la exposición a luz solar para favorecer la síntesis de vitamina D, el establecimiento de rutinas estructuradas, la participación activa de la persona en la sociedad en distintos ámbitos y actividades, el control del dolor, el equilibrio alimentario y las actividades relajantes como la lectura o la reducción de ingesta de líquidos antes de dormir contribuyen a mejorar el descanso y la calidad del sueño.

No son las horas que dormimos sino la calidad de las horas que pasamos descansando.

El sueño, al fin y al cabo, sigue siendo un espacio fundamental de cuidado para todas las personas, sin importar la edad.

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